14 de enero de 2012 BARTHE Luis Artigue. Diario de León

Si la actualidad fuera un diccionario y lo leyéramos enterito, que ya es leer, concluiríamos que la palabra más fea y odiosa del estricto hoy es ERE –precisamente una palabra que, por ser siglas, todavía no viene en el Diccionario de la Real Academia-...

 

Pero, en medio de esta depredadora crisis y de la derivada orgía de vulgaridad circundante, aún nos queda el arte: en efecto la belleza es con frecuencia algo así como un mechero de gasolina con el que incendiar los malos momentos e iluminar lo que importa.

 

Así aún puede verse en la sala Provincia del ILC la última exposición del  leonés Adolfo Álvarez Barthe, un remanso, cuadros donde nada es borrascoso, puente hacia lo clásico, finura metafísica en el discurso, pervivencias, alma de ilustrador, de esteta, de poeta, de teólogo, de actor, de historiador teleobjetivo... Logra a su personal modo este artista obras plásticamente cristalinas, sin texturas, apostando por una minuciosidad formal figurativa y hechas a base de temple, y veladuras, y capas que son luz que entra por las claraboyas sagradas… En conjunto arte alejado del deleite exclusivo, pero no del refinamiento y la sofisticación: arte entroncado en el enigma del vivir.

 

Seis son los vértices temáticos por los que pivota toda la obra expuesta: el trascendente gusto por la cultura clásica, el teatro y la comedia del arte, Felipe II y la preocupación histórica por qué es España, la poesía –Luis Cernuda-, el cine como metáfora –El Gatopardo-, la arquitectura y, sobretodo, la espiritualidad cristiana.

 

Reconozco que, como en lo que tiene que ver con la vida, en lo referente al dibujo yo no me identifico fácilmente con la línea insistida, caligráfica, la ceñida a lo real por ejecutada con más perfeccionismo que libertad.

 

Sin embargo desde hace años me produce un placer hipnótico la obra de este pintor por su fuerte carga simbólica, por su audacia compositiva al integrar tantos planos en cada pieza, y por su modo de invitarme a atravesar lo evidente, a pensar, a ahondar, a indagar y a comprender que existe la trascendencia, y que nosotros simplemente estamos a este lado del más allá.

 

Porque albergo la certeza de que soy más que materia, y, aunque no encajo en ninguna fe normativa sí me siento una persona espiritual, siento que esta exposición es un salvoconducto, belleza que transporta, que eleva, uno de esos momentos en los que el arte te sintoniza el cuerpo con el alma.

 

Hay algo de mistérico, de gnóstico y de místico en las vírgenes pitagóricas de Barthe. Algo que, como dice el que para mí, además de pensador original,  es uno de los grandes escritores de finales del siglo pasado, el teólogo Hans Urs Von Balthasar, “el arte, como la fe, surge del reconocimiento del ser humano de que algo le supera”… ¡Vean!

 

 

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